Ensayo 11
Indecisa, coqueta y difícil de complacer
Entre unas cosas y otras, he leído bastantes obras de Shakespeare y me he dado cuenta de un montón de cosas, entre ellas de la siguiente: las heroínas románticas de Shakespeare por lo general superan a sus héroes en inteligencia, carácter y fortaleza moral.
Julieta actúa con energía y sin arredrarse ante el peligro mientras Romeo se limita a tirarse al suelo y llorar ( Romeo y Julieta ); Porcia desempeña un papel difícil y activo mientras Bassanio no puede hacer otra cosa que quedarse en un segundo plano retorciéndose las manos ( El mercader de Venecia ); Benedick es un muchacho perspicaz, pero Beatriz le da ciento y raya ( Mucho ruido y pocas nueces ). Rosalía también supera con creces a Biron ( Trabajos de amor perdidos ) y Rosalinda a Armando ( Como gustéis ).
En algunos casos las diferencias son abismales. Julia es infinitamente superior a Proteo desde todos los puntos de vista ( Dos caballeros de Verana ), y Elena a Bertram ( Bien está lo que bien acaba ).
La única obra en la que Shakespeare parece caer en el machismo es La fierecilla domada , y habría buenas razones para criticar la falta de sutileza de este argumento, en el que un hombre fuerte se impone sobre una mujer igualmente fuerte; pero no voy a hablarles de eso aquí.
Y, sin embargo, a pesar de todo esto, nunca he oído que nadie criticara a Shakespeare por dar una visión falsa de las mujeres. Nunca le he oído decir a nadie: «Shakespeare está bien, pero no comprende a las mujeres». Al contrario, todo son elogios para sus heroínas.
¿Cómo es posible entonces que Shakespeare, el cual, según la opinión unánime, supo ver la naturaleza humana al desnudo y sin artificio a la luz inquisitiva e impersonal de su genio, nos presente a las mujeres como superiores a los hombres en todos los aspectos importantes, y aun así tantos de nosotros sigamos estando seguros que las mujeres son inferiores a los hombres? Digo «nosotros» sin distinción de género, porque por lo general las mujeres aceptan su condición de inferiores.
Puede que les extrañe que me preocupe por este asunto.
Bueno, me preocupa (por dar la explicación más simple), porque todo me preocupa. Me preocupa sobre todo en mi calidad de autor de ciencia-ficción, porque ésta a menudo habla de sociedades futuras, las cuales espero que traten de manera más razonable que nuestra sociedad actual al 51 por 100 de la raza humana.
Estoy convencido que las sociedades futuras serán más razonables en este punto, y me gustaría explicar las razones de esta creencia. Me gustaría especular sobre la mujer del futuro a la luz de lo que le ocurría a la mujer del pasado y de lo que le está ocurriendo a la mujer del presente.
Para empezar, admitiremos que existen determinadas diferencias fisiológicas inevitables entre los hombres y las mujeres. (El primero que grite Vive la différence! se marcha de la habitación.)
¿Pero hay alguna diferencia que sea de naturaleza fundamentalmente no fisiológica? ¿Existen diferencias intelectuales, emocionales o de temperamento de las que estemos totalmente seguros y que puedan servir para diferenciar a los hombres de las mujeres de una manera amplia y generalizada? Me refiero a diferencias que sean válidas para todas las culturas, como ocurre con las diferencias fisiológicas, y que no sean consecuencia de una temprana orientación educativa.
Por ejemplo, no me impresiona la afirmación que «las mujeres son más refinadas», pues todos sabemos que las madres empiezan pronto a dar palmadas en las pequeñas manos de sus hijitas, mientras les recriminan: «No, no, no, las niñas buenas no hacen eso».
Por mi parte, sostengo la rígida opinión que no es posible estar seguros de la naturaleza de las influencias culturales, y que las únicas diferencias ciertas que podemos establecer entre los sexos son las de orden fisiológico, de las cuales sólo admito dos:
1. La mayoría de los hombres son más grandes y más fuertes físicamente que la mayoría de las mujeres.
2. Las mujeres se quedan embarazadas, tienen niños y los amamantan. Los hombres, no.
¿Qué es lo que podemos deducir a partir exclusivamente de estas dos diferencias? Me da la impresión que bastan para comprender la situación de clara desventaja de las mujeres con respecto a los hombres en una sociedad de cazadores primitiva, que era el único tipo de sociedad existente hasta, digamos, el 10.000 A. C.
No cabe duda que las mujeres no estarían tan capacitadas para los aspectos más duros de la caza, además de verse perjudicadas por una cierta torpeza durante los embarazos y por determinadas distracciones, mientras se hacían cargo de sus bebés. De darse una lucha por la comida del tipo «que cada uno se las componga como pueda», ellas siempre serian las últimas en llegar.
A una mujer no le vendría mal que algún hombre se ocupara de proporcionarle algún muslo de carne después de la caza y que se preocupara además que ningún otro hombre se lo quitara. Es poco probable que un cazador primitivo procediera de este modo movido por sus convicciones filosóficas humanitarias; no habría más remedio que sobornarlo. Supongo que todos ustedes se me han adelantado en la suposición que el soborno más evidente es el sexual.
Me imagino un tratado de asistencia mutua de la edad de piedra entre hombres y mujeres: sexo a cambio de comida, y, como resultado de este tipo de compañerismo, nacerían más niños y las generaciones se sucederían.
No me parece que alguna de las pasiones más nobles haya podido tener algo que ver con esta transacción. Me parece improbable que algo que pudiéramos identificar como «amor» estuviera presente en la edad de piedra, ya que parece que el amor romántico fue una invención bastante tardía y poco extendida, incluso en la actualidad.
(En una ocasión leí que la idea hollywoodense del amor romántico fue inventada por los árabes en la Edad Media y fue difundida en nuestra sociedad occidental por los trovadores provenzales.)
En cuanto a la natural preocupación de un padre por sus hijos, olvídenlo. Hay señales inequívocas que los hombres no comprendieron la relación existente entre el trato sexual y los niños prácticamente hasta el comienzo de la época histórica. Puede que existan razones fisiológicas para el amor materno (el placer de dar de mamar al bebé, por ejemplo), pero tengo serias sospechas que el amor paterno, por auténtico que pueda ser, es de origen cultural.
Aunque el convenio de sexo a cambio de comida parece un toma y daca bastante razonable, no es así. Se trata de un convenio terriblemente injusto, porque una de las partes podía violarlo impunemente y la otra no. Si el castigo de una mujer consiste en negarse a tener trato sexual y el de un hombre en negarse a compartir su comida, ¿cuál de los dos vencerá? A pesar de lo que creen las mujeres de Lisístrata, una semana sin relaciones sexuales es mucho más fácil de soportar que una semana sin comida. Además, un hombre que se harte de esta huelga reciproca puede obtener lo que quiere por la fuerza, y una mujer no.
Por tanto, tengo la impresión que, por razones fisiológicas muy concretas, la primitiva asociación entre hombres y mujeres era rigurosamente desigual; el hombre desempeñaba el papel de amo y la mujer el de esclavo.
Esto no quiere decir que una mujer inteligente no fuera capaz, aun en los tiempos de la edad de piedra, de engatusar y camelar a un hombre para conseguir lo que quería. Y todos sabemos que hoy en día no hay ninguna duda que así es, pero los halagos y la marrullería son las armas del esclavo. Si usted, orgulloso lector, es un hombre y no está de acuerdo con este punto, le sugiero que intente halagar y engatusar a su jefe para conseguir un aumento de sueldo, o a un amigo para conseguir lo que quiere, y que observe qué es lo que le ocurre a su dignidad.
En cualquier relación amo-esclavo, el amo sólo hace la parte del trabajo que le apetece o que el esclavo no puede hacer, y éste hace todo lo demás. Se trata de algo sólidamente establecido en las obligaciones del esclavo, no sólo por la costumbre, sino también por las rígidas normas sociales, según las cuales no es correcto que los hombres libres realicen las tareas propias de los esclavos.
Vamos a dividir el trabajo en «de poco músculo» y «de mucho músculo». Los hombres hacen el trabajo «de mucho músculo», porque se ven obligados a ello, y las mujeres hacen el trabajo «de poco músculo». Reconozcámoslo: por lo general (no siempre) los hombres hacen un buen trato, porque hay mucho más trabajo «de poco músculo». («Los hombres trabajan de sol a sol; el trabajo de las mujeres no se acaba nunca», según el viejo dicho.)
A veces incluso no hay ningún trabajo «de mucho músculo» que hacer. En ese caso el guerrero indio se sienta por ahí y observa cómo trabaja la squaw : una situación que también es cierta para muchos que no son guerreros indios, pero que se sientan a observar cómo trabajan las squaws no indias. Por supuesto, tienen la excusa que los orgullosos y maravillosos seres del género masculino no han sido hechos para realizar «trabajos de mujeres».
El arreglo social de hombre-amo y mujer-esclava fue adoptado hasta en las culturas más admiradas de la antigüedad, que nunca lo pusieron en cuestión. Los atenienses de la Edad de Oro consideraban a las mujeres criaturas inferiores, sólo superiores a los animales domésticos (y eso con reservas) y desprovistas de cualquier clase de derechos humanos. Al ateniense ilustrado le parecía evidente que la homosexualidad masculina era la forma de amor más elevada, pues era la única manera que un ser humano (varón, naturalmente) pudiera amar a un igual.
Claro que si quería tener niños tenía que recurrir a una mujer, pero y qué; si quería ir a alguna parte, recurría a su caballo.
En cuanto a otra gran cultura del pasado, la hebrea, es obvio que la Biblia acepta la superioridad del varón como algo natural. Ni siquiera se discute el tema en ningún momento.
Lo cierto es que la Biblia, con la historia de Adán y Eva, ha contribuido a la desgraciada situación de la mujer más que ningún otro libro. Esta historia ha permitido a docenas de generaciones de hombres echar la culpa de todo a las mujeres. Ha hecho posible que un gran número de santos hablaran de las mujeres en unos términos que un miserable pecador como yo dudaría en emplear para referirse a un perro rabioso.
En los mismos diez mandamientos, las mujeres se mencionan tranquilamente entre otras propiedades, animadas e inanimadas. En Éxodo, 20, 17, leemos: «No codiciarás los bienes de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea suyo».
El Nuevo Testamento no es mucho mejor. Podría elegir entre varias citas, pero bastará con ésta sacada de Efesios, 5, 22-24: «Mujeres, someteos a vuestros maridos como si fuera al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, como el Mesías, salvador del cuerpo, es cabeza de la Iglesia. Como la Iglesia es dócil al Mesías, así también las mujeres a sus maridos en todo.»
En mi opinión, se aspira a cambiar el convenio social entre hombre y mujer, de amo/ esclavo a Dios / criatura.
No voy a negar que en muchas partes del Antiguo y el Nuevo Testamento se alaba y se honra a las mujeres. (Por ejemplo, el Libro de Ruth.) Pero el problema reside en que los textos de la Biblia que versan sobre la maldad y la inferioridad femeninas influyeron mucho más que aquellos en la historia social de nuestra especie. Al egoísmo que llevó a los hombres a estrechar las cadenas que aprisionaban a las mujeres había que añadir el formidable mandato religioso.
La situación no ha cambiado por completo en lo esencial, ni siquiera en la actualidad. Las mujeres han conseguido una cierta igualdad ante la ley; pero nunca antes de este siglo, incluso en los Estados Unidos. Piensen en el vergonzoso hecho que ninguna mujer, por muy inteligente y educada que fuera, podía votar en las elecciones nacionales hasta 1920; a pesar que cualquier borracho y cualquier idiota disfrutaba del derecho a votar libremente sólo por ser varón.
Pero aun así, aunque las mujeres pueden votar y tener propiedades e incluso disponer de su propio cuerpo, todavía sigue vigente el acuerdo social sobre su inferioridad.
Cualquier hombre les dirá que una mujer es más intuitiva que lógica, más emocional que razonable, más melindrosa que creativa y más refinada que vigorosa. No entienden de política, son incapaces de sumar una columna de cifras, conducen mal, chillan aterrorizadas cuando ven un ratón, y etcétera, etcétera, etcétera.
Como las mujeres son todas esas cosas, ¿cómo se les va a permitir que intervengan en la misma medida que el hombre en las importantes tareas de organizar la industria, el Gobierno y la sociedad?
Esta actitud tiende a crear su propia realidad.
Se comienza por enseñarle a un joven que es superior a las mujeres, lo que es reconfortante. Esto le sitúa automáticamente entre la mitad privilegiada de la raza humana, por muchos defectos que tenga. Cualquier cosa que se oponga a esta idea, atentará no sólo contra su amor propio, sino contra su misma virilidad.
Esto quiere decir que si resulta que una mujer es más inteligente que determinado hombre por el que se siente interesada (por alguna oscura razón), no habrá de revelar este hecho, aunque le vaya la vida en ello. La atracción sexual, por fuerte que fuera, no podría hacer olvidar la herida mortal que él recibiría en el mismo núcleo de su orgullo masculino, y ella le perdería.
Por otra parte, un hombre encuentra algo infinitamente tranquilizador en la presencia de una mujer que es manifiestamente inferior a él. Esta es la razón que una mujer tonta parezca «mona». Cuanto más marcadamente machista es una sociedad, más se aprecia la estupidez en la mujer.
A lo largo de los siglos las mujeres se han visto obligadas a atraer a los hombres de alguna manera, si querían tener alguna oportunidad de conseguir seguridad económica y posición social, y, por tanto, las que no eran tontas ni estúpidas por naturaleza tenían que cultivar cuidadosamente la tontería y la estupidez hasta que se convertían en algo natural en ellas, y se olvidaban que alguna vez fueron inteligentes.
Tengo la impresión que todas las diferencias emocionales y de temperamento entre hombres y mujeres son diferencias culturales que tenían la importante función de mantener el convenio hombre-amo/ mujer-esclava.
Me parece que basta con considerar la historia social con un poco de lucidez para comprobarlo, y comprobar además que el «temperamento» femenino hace lo imposible por adecuarse a las necesidades del hombre en cualquier situación.
¿Qué puede haber habido de más femenino que la condición de la mujer victoriana, tan delicada y modesta, siempre sonrojándose y conteniendo el aliento, increíblemente refinada y que continuamente recurría a sus sales para superar una lamentable tendencia a desmayarse?
¿Acaso ha habido nunca un juguete más estúpido que el estereotipo de la mujer victoriana? ¿Acaso ha habido un insulto mayor para la dignidad del Homo sapiens?
Pero se puede comprender la razón que la mujer victoriana (o algo más o menos parecido a ella) tuviera que existir a finales del siglo XIX. Era una época en la que las mujeres de las clases acomodadas no tenían que hacer ningún trabajo «de poco músculo», que era tarea de los criados. O bien se les permitía emplear su tiempo libre en unirse a los hombres en sus actividades, o se conseguía que no hicieran nada. El hombre se propuso firmemente que no hicieran nada (excepto naderías para pasar el rato, como bordar o tocar el piano de manera lamentable). Incluso se las animaba a llevar ropas que estorbaban sus movimientos hasta el punto que apenas podían andar ni respirar.
Por consiguiente, no les quedaba otra cosa que hacer que entregarse a un feroz aburrimiento que sacaba a relucir lo peor de la naturaleza humana, y que hacía de ellas seres inadecuados incluso para el sexo; se les inculcaba la creencia que éste era algo sucio y pernicioso, para que sus maridos pudieran ir a buscarse el placer a otra parte.
Pero en esta misma época a nadie se le ocurrió inculcarles las mismas insípidas cualidades a las mujeres de las clases más bajas. Ellas tenían trabajo «de poco músculo» de sobra, y como no tenían tiempo para desmayos ni refinamientos, el temperamento femenino hizo los ajustes necesarios, y se las arreglaron sin desmayos ni refinamientos.
Las mujeres pioneras del Oeste americano no sólo limpiaban la casa, hacían la comida y tenían un bebé detrás de otro; además, cuando era necesario, cogían un rifle para luchar contra los indios. Tengo la grave sospecha que también eran uncidas al arado cuando el caballo necesitaba tomarse un respiro o cuando se estaba puliendo el tractor.
Y todo esto ocurría en la época victoriana.
Incluso ahora lo seguimos viendo por todas partes.
Uno de los artículos de fe es que las mujeres son incapaces de entender siquiera las operaciones aritméticas más simples. Todos sabemos que esas pequeñas monadas ni siquiera son capaces de llevar las cuentas de un talonario de cheques. Cuando era pequeño todos los cajeros de banco eran varones por esa misma razón. Pero luego empezó a resultar difícil contratar a cajeros varones. En la actualidad, el 90 por 100 son mujeres, y parece ser que después de todo si que saben sumar y llevar las cuentas de los talonarios.
Hubo una época en que sólo había enfermeros varones porque todo el mundo sabía que las mujeres eran demasiado delicadas y refinadas para este trabajo. Cuando las condiciones económicas impusieron la necesidad de contratar a enfermeras, resultó que después de todo no eran tan delicadas ni refinadas. (Ahora la enfermería es «trabajo de mujeres», indigno de un orgulloso varón.)
Los médicos e ingenieros son casi siempre hombres; hasta que sobrevenga algún tipo de crisis social o económica, momento en el que el temperamento femenino sufrirá las alteraciones que sean necesarias y gran número de mujeres se harán médicos e ingenieros, como ocurre en la Unión Soviética.
Unos conocidos versos de sir Walter Scott expresan magníficamente el significado de todo esto:
;0h, mujer!, en nuestras horas tranquilas, indecisa, coqueta y difícil de complacer, ... Cuando el dolor y la angustia fruncen el ceño, ¡tú eres el ángel que cuida de nosotros!